Brisbane hace años que parecía pueblo muerto, oxidado por la soledad,olvidado por mapas políticos y con una pátina de certera caducidad a la vuelta de cualquier día. La mina de amianto,que dio de comer a sus habitantes durante décadas enteras, también les obsequió con una elevada tasa de infertilidad, y un descontrolado síndrome de locura, que constantemente les trastoca su edad mental: Ahora tengo diez, a mediodía quien sabe si apenas tres años, en la merienda quizás vuelva a ser un sexagenario decrépito y a la noche me acuesto con los ardores sexuales propios de los quince.
Así andan los pocos que quedan, cuerpos de ancianos con mentes a merced del desequilibrado capricho. Thomas vuelve por un rato a su realidad de 66 años, en medio de aquella clase,y se ve rodeado de viejos vecinos, descontrolados pellejos colgantes y ojos perdidos ,que creen ser capitanes de equipo, animadoras tonificadas, o jóvenes promesas de la ciencia.
El dolor y la vergüenza bajan con el al sótano .Nunca lo tuvo más claro: Rescata los cartuchos de dinamita que robó antes de la clausura, lo más rápido que puede los esparce por todo Brisbane, entrelazando kilómetros de mecha para asegurar la desaparición completa , antes de volver perderse otra vez en ese baile de edades. Sin el menor atisbo de pena aprieta el detonador.La columna de humo y fuego tardo días en desaparecer.