Sancha Panza se quedaba en blanco cuando hacía castillos en el aire.
Eso le ocurría tanto en los momentos más inoportunos como a solas; indistintamente de que estuviese impartiendo clases de geología en la universidad o haciendo yoga en la playa, frente a la inmensidad del mar.
En vez del pragmatismo de su antecesor, Sancha había heredado el carácter idealista de don Quijote.
Su tiempo libre lo empleaba en multitud de acciones sociales. Daba clases a mayores sin alfabetizar. Por las noches repartía comida a los indigentes. Y, sobre todo, evitaba desahucios al frente de un grupo femenino llamado «Sí podemos soñar».
Mientras sus compañeras obstruían ascensores y escaleras para dilatar la acción policial, ella se atrincheraba en la vivienda hasta pactar una solución.
Una vez pidieron su ayuda para un caso especial: un desahucio en el ático del rascacielos más alto de la ciudad y de la costa en cientos de kilómetros.
Cuando llegó arriba, Sancha se dio cuenta de que desde allí se veían los países limítrofes e incluso la curvatura de la Tierra.
Al mirar abajo buscó con la vista el lugar donde solía hacer yoga frente al mar. Entonces le vino a la memoria el proceso por el cual, durante miles de millones de años, unas bacterias marinas que realizaban la fotosíntesis oxigenaron el agua haciendo posible la vida en el planeta.
La llamada policial para negociar coincidió con estos pensamientos.
Por un instante Sancha se quedó en blanco. Al rehacerse, sin embargo, encontró la respuesta que estaba buscando:
—No hay sueño más alto que vencer la irracional pesadilla del egoísmo.