Suya; solo y para siempre suya.
Atrapada en su magia; poseída por ella sin posibilidad ni deseo de sucumbir ante otros embrujos que no sean los suyos. Así me siento; así quiero vivir.
Siempre me sentí cautivada por sus encantos, por esa indefensión que, como yugo inexorable que se aferra al cuello, te ofrece la seguridad que nunca antes imaginaste.
Sola; solo con ella y sin posibilidad de compartir, fuera de su manto, sueños, anhelos, pesadillas o ilusiones. Míos; solo míos y así de ella, sin permitir que nadie pueda robármelos o ni tan siquiera emborracharse con ellos.
Cuántas veces, en ella, disfruto cada instante como si fuese el último a vivir. Sé que nunca me abandonará, que todas las jornadas de mi vida me acompañará y que sus hechizos cada día me atraerán más hacia ella. Disfrutarla, vivirla, sentirme fuerte a su lado, gozar la fragilidad que su sola presencia me concede; sentir ese amor sincero y fiel que exclusivamente ella me otorga.
Y de pronto apareces tú intentando secuestrar mi ilusión, pretendiendo ofrecerme una luz que solo a ella, aun en sus tinieblas más embriagadoras, permito regalarme. ¿Puedes imaginar cómo se desgarra mi alma cuando impunemente lucho por no compartirla con quienes pretenden robarme parte de sus sortilegios?
Y tú queriéndome dispensar nuevas ilusiones. No te necesito. Vete. Deja que esta triste maleta custodie mi descanso hasta que hoy, como ayer y como siempre, viva intensamente un romance de vida con mi verdadero y único amor: la noche.