Permítanme que me presente. Soy relativamente joven. Nací en 1912 en el taller del maestro luthier Josef Vávra, en pleno corazón de Praga. Mi primer amo fue el agrimensor Brodsky, un gran amante de la música. Todas las noches, antes de acostarse, me limpiaba con un paño minuciosamente y ejecutaba con notable pericia, diferentes piezas del repertorio clásico. A su muerte, sus herederos me llevaron a una casa de empeños, donde pasé años recluido en mi estuche. Allí me adquirió mi nuevo amo, el zíngaro Lungro Dom. Vivía de tocar en toda clase de acontecimientos populares. Era el director de una banda que se hacía llamar Fanfara: diez músicos que dominaban el repertorio de melodías tradicionales que tanto satisfacía a sus clientes. En 1933, mi amo fue enviado, junto a cientos de su misma condición, al campo de Terezin, y de allí a Treblinka. En todos esos años de intenso dolor, jamás se separó de mi, y siempre encontraba cualquier excusa para hacer que de mis cuerdas brotasen las notas más alegres y vivas que jamás produje.

 

Lungro Dom terminó sus días en las cámaras de la muerte, y mi vida quedó en suspenso hasta que fui recogido y depositado en el museo del ghetto, en las afueras de Praga. Allí pasé mis más tristes años, abandonado a mi suerte en una mohosa vitrina.

 

Todo cambió cuando contrataron, como vigilante nocturno, a un joven estudiante del conservatorio. Mi nuevo e inesperado amo sacudió de mi interior todo el dolor y cansancio acumulado en tantos y tantos años. Por fin, he vuelto a sonreir.

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