Al imaginar el violín le vino inmediatamente a la mente la visión de un niño, un pequeño aprendiz de músico, aprendiz en contra de su voluntad que, sin embargo, se aferraba a este instrumento para no terminar con su corta vida, pues esta idea le asaltaba hacía un tiempo. En el sótano de la institución educativa, en el cuarto de los zapatos, rodeado del ambiente húmedo y hediondo de ese lugar, trataba de mantener cierto equilibrio, alejarse de la muerte pretendida. Quién sabe si la mezcla del hedor y las notas musicales le traían todos esos pensamientos, quizá ni él mismo podía diferenciar en qué orden se habían sucedido la escena, las ideas recurrentes, la propia existencia, en fin, todo aquello que ahora parecía poner al pequeño bajo la angustia y la desesperación. Sin embargo, a su vez, este que imaginaba aquello no acertaba a explicarse cómo una imagen le había conducido a otra serie de ellas, tan desoladoras por otra parte. Tumbado, cambió de postura, intentando alejar los pensamientos de los instantes recientes, deshacerse de ellos, hacer que el olvido los tomase como si no hubiesen sido nunca. No lo consiguió. En la mesilla de noche había un libro con una nota encima, que decía: Bernhard, “El origen”, devolver hoy a la biblioteca municipal, pedir prestado “El sótano”. Entonces se incorporó, desperezó y levantó de la cama sabiendo que el pequeño había tomado la “dirección opuesta”.

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