¿Quién eres tú?
¿Por qué me miras así?
¿Y ese arma?
Pero, ¿por qué pregunto?
Te encuentro todos los días, me persigues, estas siempre ahí.
Desde ese día, nunca desapareces.
No desaparece la culpa, ni la desazón.
¿Qué hacer?
Cómo hacer que salgas de mi mente, de mi alma, sobre todo de mí conciencia.
Te veo despierto, dormido, en cada esquina y rincón de mi alma.
Es una pesadilla, un sueño que intenta reparar lo sucedido.
Si pudiera volver atrás… ¡no lo haría! Te juro que no.
Aquel día fue una locura, vi tus ojos suplicantes, tu cara adolescente. Yo tenía órdenes, tenia que cumplirlas.
Y te maté a ti, y a toda tu familia. En esa guerra sin sentido. Tenía ordenes de exterminar una ‘’célula yihadista’’, a vosotros, se me hiela el corazón… y disparé, disparé una y otra vez, hasta que se hizo el silencio.
Un silencio doloroso, con olor a muerte.
Y ahora, ¿vienes a por mí?
Ojala fuera así, pero estás muerta.
Te lo pido: ’’llévame contigo’’.
La culpa me destruye, me tortura sin descanso.
Yo también morí ese día.