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Eran las cuatro. Con un poco de suerte todavía le daba tiempo de atender a un último cliente antes de salir volando a por los niños al colegio. Se le había acabado el espermicida. A la vuelta pararía en la farmacia.

No sabía cómo hacían las chicas de los otros escaparates para no aburrirse del mismo papel y el mismo decorado cuatro semanas seguidas; ahí, expuestas, tantas horas. Le había gustado más el de rockera del mes pasado. Los chinos se habían currado el efecto de luces. Te imaginabas que estabas en la esquina de un verdadero escenario, con el cuero, la guitarra y la melena morada.  O el del mes anterior, de científica en un laboratorio. O el otro, de presidenta del gobierno, con su bandera y su crucifijo.  Ahora, eso sí: que nadie les dijera de cambiar cada quince días. Había que amortizar la inversión. Y habían calculado que treinta jornadas de doce horas era lo correcto. Así son los chinos. (¿De quién habrán aprendido?). Y gracias, porque si no, muchas como ella estarían en su casa cogiendo moho, con carrera y todo, viendo cómo su pareja y sus hijos, si los habían podido tener, también languidecían sin nada que hacer. Esos países suyos ya no eran lo que habían sido. Ahora eran solo una fachada, un parque de atracciones para los dueños del mundo.

Por ahí venía uno. Rápido, a hojear la revista como si fuera una de esas editoras o diseñadoras que había antes. Y que se vea bien el tatuaje, que para eso inventaron ellos la tinta y hay que hacerles la pelota, por muy hortera que le pareciera a ella lo de la flor de colorines. Porque mira que les gustan los colorines.

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