La montaña Kilimajuara se perfilaba en el horizonte. Hacía diez meses que había abandonado mi hogar en Leicester para visitar al gurú Amabrahimhumpá. Un sabio generoso, con un vasto conocimiento del mundo y del corazón humano. Avancé por un camino tortuoso desde la aldea de Niepú. Allí conocí a un sherpa muy amable que me indicó las tres reglas básicas para hablar con Amabrahimhumpá. La primera de ellas, no podías nombrar el dinero, eso se consideraba descortés. La segunda, no debías usar verbos en pasado ni en futuro, pues Amabrahimhumpá consideraba que sólo existía el momento presente. Y en tercer lugar, nunca, bajo ningún concepto, debías formular más de tres preguntas. Yo, que había recorrido cien mil kilómetros para saber si iba a casarme, le daba vueltas al modo en que iba a preguntarlo al guía espiritual.

Cuando alcancé la cueva en la que vivía comprobé sorprendida que el sabio estaba acariciando un pato. Aunque sentí la tentación de preguntarle cómo había llegado hasta allí, recordé que sólo podía hacer tres preguntas.

– Gran Amabrahimhumpá, estoy aquí para preguntar aspectos fundamentales de mi vida.

– ¡Cua! –dijo el pato.

El hombre permaneció mudo.

– ¿Usted ve el futuro?

– ¡Cua, cua! –dijo el pato.

– ¿Hay hijos en él?

– ¡Cua!

– ¿Por qué no contesta?

El pato sacudió las alas, con lo que parecía dar por concluida la reunión.

– ¡Un momento! –grité mirando al sherpa-, ¡no ha resuelto mis dudas!: ¿y usted es el sabio del que todos hablan?

Por primera vez el hombre que tenía frente a mí despegó los labios:

– No.

– ¿Cómo que no? ¿Entonces dónde está Amabrahimhumpá?

Señaló al pato.

– ¡¿Pero qué truco publicitario es este?!

– La tradición dice que Amabrahimhumpá contestará a 3 preguntas, no que sus respuestas vayan a gustarte.

Regresé a casa con mi mochila, sintiendo que había hecho el viaje en balde. Y me diotanta vergüenza que desde entonces vivo en el presente sin agobiarme por el futuro.

 

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