
Las luces de la tarde iban llenando de sombras las paredes de la cafetería.
Un intenso olor a café golpeaba los sentidos a cada siseo de la máquina exprés, mientras el barista, entre sonrisas, comentaba que las virtudes del café se disfrutan desde su preparación.
Contaba que rodeado de bosques el cafetal crece bajo un sol que golpea siempre vertical, a golpes de sol o a golpes de la vida se afronta todos los cambios, parecía querer decir con su discurso.
Explicaba que cada grano se elige de manera singular… su aspecto, su forma, el color y desde ese primer momento se puede vislumbrar el aroma y sabor que desprenderá al ser sometido a la presión y al calor. Podrá cualquiera elegir su forma, su aspecto y quien ser también?
Junto a la ventana, simulaba distracción al hojear la revista, pero no dejaba de prestar total atención a aquella descripción y por alguna oculta razón le resultaba inquietantemente perturbadora.
Siempre se interesó por los viajes iniciáticos, aquellos que permitían tomar verdadera conciencia de uno mismo y develar el eterno misterio del ser. La rosa tatuada en el brazo y unas señales en cada dedo eran sus preguntas al igual que la pregunta de la semilla que desconoce su final en una humeante taza de café.
Pero hoy era día de respuestas, era su cita no la primera de todas las citas de su vida pero si aquella que marcaba el inicio de un cambio.
Ya no más una semilla solitaria perdida en una saca sino una baya roja y carnosa al comienzo de su transformación el pelo corto igual que antaño no iba a cambiar su verdadero ser, ya no iba a ser nunca más Miguel y su nombre estaba aún por nacer.