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Aún recuerdo la serenidad de Iñaki mientras, inmóvil en el centro de la plaza, meditaba durante horas. Me encantaba ir a verle los domingos por la tarde cuando paseaba por el centro de la ciudad con mis padres y con mi hermana. Nunca olvidaré aquel día que tuve la oportunidad de verle acabar su sesión. Su mirada hacia mí fue algo muy especial. Nunca había visto una mirada tan serena, tan tranquilizadora. Me sonrió y me dijo: “No hay mayor riqueza que ser quien te gustaría ser”. Nunca olvidaría aquellas palabras.

 

Desde aquella tarde nunca más le vi. Nunca supe que fue de él, tan solo que era alguien muy especial. No es fácil encontrar gente con esa serenidad, a quien con tan solo observar durante unos segundos, un sentimiento de tranquilidad y confort se adueña de tu mente. Más tarde me contarían que era un ebanista llegado desde Bilbao, que trabajaba por las mañanas en los alrededores de la plaza y que por las tardes le agradaba ir a meditar a aquella transitada plaza. Por lo visto había llegado a un nivel tan alto de meditación, que no necesitaba retirarse a ningún alejado y tranquilo lugar. Le gustaba hacerlo allí mismo, en aquel lugar repleto de transeúntes.

 

Ahora, treinta años después desde aquella tarde, tan sólo me queda la foto que mi padre me hizo delante de él, uno de aquellos añorados domingos en la plaza mayor cuando me quedaba ensimismado mirándole y deseando poder llegar a tener ese dominio del cuerpo y del alma.

 

Hoy, cada domingo, salgo a pasear con mi mujer, mi hija y mi hijo, acompañado por mi apreciada cámara réflex, esperando, quizá vanamente, poder encontrarme de nuevo con Iñaki y poder revivir aquella tarde siendo mis hijos los protagonistas de la foto.

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