
Maddie pensaba, durante su paseo, en los gorritos y en las pancartas que ella y sus nietas tenían ya preparados para las manifestaciones del día siguiente. Sería agotador, pero no se lo iba a perder por nada. ¡Qué tiempos para estar viva! ¿y cuáles no lo habían sido, de todos los que le habían tocado? Mientras le duraran la lucidez y la curiosidad…
Ese lugar sería al día siguiente el centro del mundo y ella iba a estar allí. Ciertamente, había sido el centro de ‘su’ mundo y recorría a menudo el Parque y el entorno de la National Gallery of Art, a la que había dedicado varias décadas de su vida trabajando en la organización de conciertos. Ahora cruzó la avenida donde tendría lugar la concentración al día siguiente, y se dispuso a terminar su paseo dirigiéndose a la estación del metro de L’Enfant Plaza.
Ningún momento del día es allí una hora tranquila. Decenas de personas pasan continuamente por el hall de la entrada sin detenerse, pero Maddie se quedó clavada cuando se dio cuenta de que era Joshua Bell, con una gorra a sus pies para recoger las monedas que quisieran arrojarle, quien estaba tocando la más delicada pieza de Bach con su Stradivarius de 300 años.
Esperó a que terminara y entonces se dirigió a él: “vi su concierto hace unos días en la Biblioteca del Congreso…”
Él se acercó sin saber qué decir: “…Ah!”
– “Estuvo usted fantástico… estas cosas sólo pasan en el D.C. ¿verdad?”
– “Gracias… ¿Sabe? Llevo aquí 45 minutos. Sólo se han detenido unas 7 personas, y sólo usted me ha reconocido.”
Contaron las monedas que había en la gorra: 32 dólares y 25 centavos. Ella le entregó un billete de 20 y se despidió.