“Mi piel no es de color verde, ni tengo una cabeza descomunal respecto al cuerpo. Tampoco estoy escuchimizado. Y no se os ocurra pensar que tengo antenas o que soy hermafrodita, ni que los brazos me llegan casi a los tobillos. Os aseguro que os confundiréis. Pero creo que podríais acertar mi procedencia. Sí, vengo del espacio. He llegado hasta aquí en un platillo volante y, claro está, que si me concentro puedo mover objetos con la mente.

No pretendo ser un extraterrestre al uso; aborrezco la carne humana y no quiero hacerme amigo vuestro. Menos aún deseo procrear. Soltáis demasiados fluidos durante el acto.

Perdón, no me había presentado, mi nombre es Nerú. Soy capitán, y único tripulante de una nave galáctica. El gobierno nos la cedió para que salvemos a los planetas con problemas, y el vuestro tiene problemas según he podido leer en los documentos.

Lo habéis destrozado, se os dejó hace millones de años en perfectas condiciones y ahora no hay quien viva en la Tierra. Pero no os preocupéis, tenemos otro planeta igual que éste esperándoos a 200 galaxias de distancia. Os damos una segunda oportunidad.

Mi misión consiste en coger un macho y una hembra de cada especie, meterlos en la nave y transpórtalos hasta su nuevo hogar. Sólo me han pedido una condición; asegurarme que no haya ninguna especie enferma, para que no contamine a las demás”.

Este fue el discurso que emitió Nerú, por telepatía, a cada uno de seres vivientes que habitaban en la Tierra. Entonces, todos lucharon para hacerse un hueco en el arca, con forma de jaula, que les había preparado.

Al terminar los enfrentamientos, los más fuertes de cada especie fueron embarcando. Según subían, se les marcaba con la insignia de la nave. De los humanos ganaron un luchador y una princesa. Cuando ya estaban todos dentro, Nerú cerró la jaula y puso rumbo al nuevo planeta. Pero mientras viajaban a través de las estrellas, las demás especies, se dieron cuenta que entre ellos se encontraban dos humanos. Se indignaron. Ellos habían destrozado el planeta, y no querían que volviera a suceder. Así que, unidos con el mismo propósito, los animales de más pelaje, se pusieron alrededor de la princesa. De esta manera, subieron su temperatura corporal a más de 38 grados.

Al atardecer, Nerú entró en la jaula para revisar que todo estaba bien. Pasó su detector de fiebre por cada una de las especies, y cuando llegó a la princesa, la alarma comenzó a sonar. Entonces, con el hacha que llevaba en su mano le arreó en la frente. No podía permitirse que llegara a su destino ninguna especie enferma. “Seguro que, sin ellos, el nuevo planeta tardará más tiempo en destrozarse”, pensó Nerú mientras limpiaba la sangre de la nave.

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