
Ana había vuelto aquella mañana a su Café favorito, intentaba reproducir aquel hábito encantador que inspiraba el resto de su jornada a crear nuevas prendas de mágicos colores e increíbles diseños aún a sabiendas de que todo era distinto. Pasaba las páginas de aquella revista de moda mientras algunos de sus alumnos empezaban a cruzar la calle y saludaban entusiasmados al otro lado del cristal, conscientes de que hoy, su profesora favorita, la más joven y rompedora volvía a las clases después de meses de incomprensibles ausencias.
Ana era la mejor, envidiada y adorada por igual, los otros profesores observaban incautos la gran imagen que desprendía su compañera, su gran personalidad, una sencillez arrebatadora que enjaulaba a los alumnos en un mundo de fantasía del que no querían salir jamás, sin embargo la joven profesora guardaba un secreto, un secreto tan implacable como implacable era la huella que dejaba en los alumnos pero que sobre todo, le daba un cobijo, manteniendo su habitual apariencia.
Al salir del café decidió dirigirse al centro de diseño para anticiparse a sus clases y, como si de una señal del destino se tratara, un fuerte viento arrancó su sombrero y con este, la peluca que había elegido para disimular el dolor de aquellos meses. Por unos segundos Ana se sintió desnuda y enferma de nuevo, el viento soplaba con tal fuerza que parecía querer arrancarle todo lo que llevaba encima, no contento el destino con haberle arrebatado ya, uno de sus senos mediante esa terrible enfermedad a la que llamamos cáncer.
Dos de sus más jóvenes alumnas contemplaban la escena horrorizadas sin saber disimular, sin entender, inmaduras; Ana sonrió y sintió desde los más profundo de su corazón que la vida era mucho más que todo eso.