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Entré en la tienda e inmediatamente me fijé en una mujer de estatura baja, pelo teñido de negro con un mechón azul y un tatuaje de un dragón en el brazo izquierdo. La mujer estaba leyendo una revista de muebles, tan mundana que contrastaba con su aspecto extravagante. Uno se imaginaría que aquel tipo de mujeres tendrían en su casa sillones negros de cuero, candelabros en vez de lámparas y calaveras para adornar.

Parecía que la mujer acababa de encontrar algo que le gustaba en la revista de muebles, pues se apoyó sobre una mesa y comenzó dibujar sobre la revista. Satisfecha con las modificaciones de la cocina japonesa, dejó la revista sobre una estantería, también repleta de otras revistas de arquitectura de interiores y decoración del hogar. La mujer se dio la vuelta rápidamente, como si alguien hubiese le hubiese llamado. Dio un giro tan brusco que empujó con la mano sin querer la revista y el lápiz, que cayeron al suelo. Empezó a reírse, como si la caída de la revista se tratara de algo especialmente gracioso. Mientras exhalaba sus últimos suspiros de risa entrecortada, levantó la mirada hacia mi dirección. Rápidamente aparté la mirada y cogí una revista de accesorios para el baño: todo muy disimulado, excepto por el hecho de que la revista estaba al revés, y mis mejillas sonrojadas. Hacía tiempo no me pasaba algo así. Lentamente le di la vuelta a mi revista de baños, en un intento de recuperar mi dignidad. Le puse cara de aprobación mientras asentía a unos váteres con tapa de terciopelo, dejé la revista y me dispuse a marcharme: ya había hecho suficiente ridículo por hoy. En ese momento, la mujer me llamo: -Disculpe, ¡se ha dejado la cartera!

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