
He visto el cielo de Bilbao enladrillado
y hasta el muro más bonito pintarrajeado
y el cuerpo de la Ertzaintza militarizado
y el autobús más duro descuajeringado.
En esta mi ciudad lo he visto todo
pues aquí es normal hasta Cuasimodo
y siempre alguien anda por ahí beodo
incluso al llover y ser la calle lodo.
Mas lo que vi aquel día me marcó la vida
y la cordura mía sentí desvanecida
al ver en plena calzada compartida
al jugador más famoso sentado en la avenida.
Cristiano cobra millones y sale en la tele
y su disparo a gol no hay quien lo congele.
Es estrella de revista y no vulgar currele
así que, ¿qué coño hace aquí parao como un pelele?
Sólo un par de niños le han reconocido,
de momento Cristiano pasa desapercibido
salvo por mí, que solté un gran bufido
al verlo con sombrero de balón florido.
Quise su insigne firma lograr al acercarme
pero pensé «quizá si me acerco se alarme
y acabe yo apaleado por algún gendarme,
mejor mirar de lejos sin que pueda darme”.
Al seguir mi camino y dejarlo rodeado
advertí algo raro que me dejó intrigado
pues cuando casi al ídolo tenía sorteado
le descubrí en el pantalón algo velado.
Le sobresalía del bolsillo demasiado la cartera
y verán, ni soy ladrón ni de alma pordiosera,
pero tanto billete dentro formaba casi una esfera
y no había visto yo accesorio que tanto reluciera.
Ni corto ni perezoso me acerqué a él con disimulo
y con cuidado su cartera llena le saqué del culo
(que, por cierto, vaya músculos se gasta el mulo)
y a mi casa me fui con la pasta del chulo.
Y desde entonces cuenta un rumor extendido
que Cristiano en Bilbao ya no juega un partido.
A la prensa le dice que es por sueño perdido
pero yo sé que no es más que un pelín resentido.