
Era una mañana primaveral pero hacía daño. Cuando acudes a la consulta de un médico con tu vida pendiente de un informe, ese hilo frágil que ahora te sujeta al mundo, es cruel que el entorno sea luminoso y alegre.
La salita de espera me pareció una morgue. Supuse que allí se entraba con el alma encogida y se salía con una condena firme. Mientras esperaba entrar a consulta, pensé que era triste haber estudiado medicina únicamente para dar malas noticias, para dictar sentencias de muerte.
Tomé un periódico para distraer la razón imitando a una mujer joven que, a mi lado, pasaba lentamente las páginas de una revista de moda. Sentí tristeza. Era demasiado joven para estar desahuciada.
—¿Tiene usted miedo? —me preguntó con dulzura mientras continuaba ojeando la publicación.
—Mucho —admití.
—¿Por qué?
—Voy a morir.
—¿Acaso es usted médico? —continuó sin dejar de pasar lentamente las páginas.
—No. Por eso estoy aterrado.
Entonces dejó la revista a un lado y clavó en mí sus ojos color miel.
—No tema. No tiene aspecto de estar enfermo.
—¿Es usted médico? —fui yo entonces quien le preguntó.
—Tengo experiencia.
Antes de que pudiera responderla, una enfermera abrió la puerta y me hizo pasar con un suave gesto. Entré arrugado en el despacho donde me esperaba el doctor. Me llevaba martirizando con pruebas diagnósticas desde hacía tiempo, pero fue esa mañana cuando reparé en la fotografía enmarcada que descansaba sobre su escritorio. Se trataba de la mujer que estaba sentada en salita de espera.
—Ha sido una falsa alarma —descubrió el hombre repasando el informe.
Respiré aliviado antes de preguntarle quién era la mujer de la fotografía.
—Mi esposa.
—Tiene suerte —le dije—. Es comprensiva y muy inteligente.
—Lo era. Murió el año pasado. Yo mismo la diagnostiqué.