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Enfocar los márgenes del tiempo. Al abrigo de la bocacalle un tranvía, un escaparate, la juventud habla de los trazos de modernidad a modo de pulsera. No hay palabra, únicamente un cutis terso, precioso bajo el pertinente sombrero: interesante de por sí, culta, enormemente joven.

Enfocar los márgenes del espacio. La figura se desdibuja en un mar de reflejos, retazos de la ciudad que interpenetra su semblante aún, a pesar de la uña escarlata que se clava bajo el sombrero: oculta el cáncer en sí, calva, enormemente vieja.

Enfocar los márgenes de la nada. La premura con que la Señora del Adiós, su viejo estandarte azul, su guadaña, observa el instante de la pequeña princesa sentenciada y se concita, espera el momento de besar su ánima pura, atravesada por el dolor, envuelta en el reflejo de la ciudad última: perpetrar el viaje, acariciar su belleza de primavera y partir.

Ya el reflejo de la vida suspira, irrumpe de lleno el vacío dejado por el hada marchita. Y en el escaparate la ciudad reparte su presencia sin ser interrumpida por la imagen de un dios caído.

Que quizá nunca existió.

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