Luna lo observaba, plácida, reconocía lo que tiempo atrás los astros ya vaticinaban. Andrómeda, algo más alejada, tampoco quiso perderse tal abominación, nunca antes se había librado una batalla tan descabellada, ni los legendarios titanes habían logrado desatar tanto mal, y menos aún, hacerlo impactar contra su misma fragua.

El equilibrio pronto se repondría, el cazador estaba muy cerca de culminar en su lucida guerra enajenada.

Su enemigo, se encontraba sumido en la más profunda oscuridad, ya no le quedaba nada, salvo un halo de esperanza y una solitaria llama en su todavía ardiente corazón.

La esperanza le reveló una figura del pasado, la de un animal antaño por él esclavizado. Caminó durante horas en el confortable recuerdo, pero no lo interpeló, había aprendido a ignorar las respuestas, y con ello, disipó la necesidad de hacerse preguntas, dos enemigos menos, otra batalla librada. Mientras se evadía en el pasado algo maravilloso acontecía, una cierva con poderoso semblante se le acercaba, y tras ella, el universo los observaba, su paso, fuerte y seguro, con la distancia le evidenció su presencia al cazador, esté, incapaz ya de ver de otra manera, clavó su mirada en la cierva e hizo aquello que mejor sabia hacer, apuntó con su rifle y disparó al corazón, al tronador disparo le siguieron los frágiles latidos del agonizante corazón, que con su último aliento extinguió la llama que aún lo calentaba, después, sobrevino el silencio más absoluto.

Arrebatole así los últimos bastiones a su enemigo, la esperanza y el amor.

El universo suspiró, y el equilibro de nuevo se recobró.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *