
“Y a partir de ahí, el infinito es vuestro…” dijo mi profesor.
Contemplo el catálogo de obras de arte para la próxima temporada mientras recuerdo sus palabras. Un montón de artistas coetáneos y amigos de la dueña de la galería se anuncian en este libro. Me parecen unos farsantes. Ninguno de ellos reconocería la belleza ni aunque le mordiera en el culo. Paso páginas enfrascada en el estudio de sus vidas anodinas, un sinfín de títulos y recomendaciones de expertos yuxtapuestas sin ningún interés para mí. ¿Por qué elegiría la carrera de Bellas Artes? Podría haber estudiado periodismo.
Sin darme cuenta, mis ojos se quedan anclados a una imagen. La de una ricachona que anuncia collares de perlas autentificadas por no se qué genio de Amberes. Es la típica persona que compraría algo aquí.
“El infinito es vuestro”, dijo mi profesor. Qué vergüenza si pudiera verme ahora, como un maniquí. Él siempre dijo que tenía talento para lograr lo que quisiera, pero pronto descubrí que era más fácil emplearme como recepcionista en cualquier sala de exposiciones, que vender mi propia obra. No sé qué vio en mí.
Mientras todo esto pasa por la mente de Olga, al otro lado de la calle, un grupo la observa. La dueña de la galería la señala, inmóvil, pensativa, enfrascada en la contemplación de aquel anuncio y ajena a lo que sucede fuera.
– Ahí la pueden ver -dice-. Fíjense en su belleza, en la quietud que irradia y la serena crítica que emana de su figura. Nunca encontraran una obra de arte así: viva. Sus tatuajes, sus sombreros extravagantes, su peinado…
– Sin duda es la mejor obra de tu galería, Sofía -dice un crítico.
– Lo sé, pero recuerda que el secreto de la exposición es ese, que ella no lo sabe. No en vano mi galería se llama “Falsas Apariencias”.