Abres la puerta de la playa y oyes un sonido extraño tras las olas cerradas. Las olas cerradas. Tú estás segura de haberlas dejado abiertas al salir hacia el trabajo esta mañana. Cada día la misma rutina te asegura que la taza del desayuno debería estar sobre la arena, el cielo vuelto sobre sí en pliegues que despejan la ventana, el silencio, quieto sobre el esmalte de la piel marina, como depositado al descuido, caído, casi.
Has vuelto antes de lo habitual. Al introducir tu bañador en la cerradura de la orilla del mar, un estremecimiento de tu cuerpo desnudo ha susurrado a tu oído que no deberías haber regresado tan pronto, que mejor habría sido que no vinieras, que te hubieras quedado en la calle, dando un paseo, yendo al parque a sentarte en un banco frente a la arena en que juegan los niños. Que mejor no habrías venido.
No quieres saber que él está al otro lado. No quieres saber que, si no puedes verlo, es porque él ha cerrado la marea contra el quicio de la tarde rojiza que tú dejaste abierta. Ni quieres identificar el ruido de placer y olas que empapa la bruma.
Que ojalá no hubieras vuelto, no te hubieras sentado.
Pero es tarde ya para eso, porque ya has oído ese sonido que precede a la muerte.