Imagen de categoría

Loli tenía 7 años cuando me mordió en el brazo y se quedó en mitad del parque gritándole a todo el mundo que le había quitado su Nancy, aunque ella me la había dejado un momento porque decía que le pesaba. Fue a los  15 años que me besó mientras me empotraba en un portal, de un solo empujón, y sin venir a cuento. Que le hacía gracia la cara de pasmado que se me ponía. A los 18 se lió con mi mejor amigo y le daba por ponerme ojitos mientras bailaban. El tarado de Juan nunca se enteró de lo que pasaba por encima de su hombro. En el ascensor me dijo una tarde que eso de verme con cara de tonto le ponía.  Ya con 25, nos casamos. En el viaje de novios a Roma, desapareció el segundo día y me dejó una nota con una carita sonriente en la almohada. Me quedé unos días esperándola en el hotel, sin saber qué hacer, con una sensación de ridículo que aumentaba con las horas. Poco después apareció por el hall del brazo del camarero que  nos había atendido el primer día en un restaurante cercano. “Pasmao”, me dijo. Se despidió de él con un beso como los que se daba con Juan y subió a nuestra habitación como si nada. En el viaje de vuelta apenas hablamos y yo miraba todo el rato hacia abajo buscando la punta de mis zapatos.

Al año siguiente encontré trabajo a una distancia infinita de Madrid en Buenos Aires. Caminando por la calle Corrientes la vi sentada en un café, nuevo tatuaje, cara de ángel y un sombrerito seductor. Me descubrió a través del cristal y me golpeó con una sonrisa. Aún sigo corriendo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *