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Ahora, cuando me preguntan por qué escribo, siempre pienso en ella.

Pienso en sus ojos pequeños y vivos, con su mirar perdido, escondido tras el velo blanco y translúcido que le fue trayendo el tiempo.

Margarita observa el mundo con dos pequeñas y suaves manos, que en ella son ojos; y manos; y ojos otra vez; y se las lava constantemente, buscando su palangana azul, que huele a Heno de Pravia y a persona limpia, para luego deslizarlas suavemente por tu cara, y comprobar lo guapa y hermosa que te estás poniendo.

Un día, quizás harta de sombra y esquinas, decidió no caminar más y redujo su espacio vital al estricto hueco del colchón, que comparte con esa extraña depresión que la visita y por la que paga religiosamente su alquiler emocional.

Margarita es mi abuela, de enjuta y excéntrica figura, señora de otros tiempos duros para ser mujer, que se revela y deja por escrito, sin saber escribir, su voluntad de no ser enterrada junto a mi abuelo cuando la parca la llame a filas; y que escribe poemas, sobre el papel que otras manos le redactan, recitando versos desde una boca que muchos tildarían de inculta por no saber escribir, esos mismos que cada día se pirran por ver a la Esteban devastando nuestra mente.

Nunca había pensado de dónde salen mis letras, dónde las tuve guardadas todo tiempo hasta que comenzaron a amotinarse y formar versos, pero una mañana decidí leerle uno de ellos, y desde que vi sus ojos vidriosos de emoción lo tuve claro: Escribo porque soy la nieta de Margarita.

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