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Marie sube las empinadas escaleras. Se le olvidaba. Enfrente el canal, a la derecha de su ventana un jacinto muy avanzado, el izquierdo es más perezoso.

Conduce perpendicular a los surcos de tulipanes que de día pixelan la llanura.

Al llegar se quita la gabardina atemporal y el jersey beige de pico. Se pone la bata que se le olvidaba. El Hospital las proporciona por imagen corporativa, pero hoy necesita la que le regalaron sus padres cuando se graduó. Antes se abrochaba todos los botones, pero ahora solo tres, incluso el cimero lo deja a la medialuna.

La doctora Van der Wal es tan adecuada que casi es invisible, como el esmalte de sus uñas.

El primer paciente está en una fase muy avanzada. Ella le infunde sosiego, esperanza y morfina.

La doctora Van der Wal es empática y competente. Delicada como una mujer del Sur.

Se desabrocha el botón cimero de su bata.

El tratamiento no ha funcionado con el segundo. Tan mal está que le cuenta de su vida: araba las plantaciones y sacó una granada. Debajo de los bulbos el agua del mar macera los huesos de soldados olvidados.

La doctora escucha y acompaña. Se suelta el segundo botón. El unicornio se encabrita sin relinchar.

El tercero, recién diagnosticado, es joven y posee la entereza de la incredulidad. Pero no hay duda: familiares marcadores positivos.

La doctora Marie Van der Wal se desabrocha su último botón y dobla la prenda largamente, intentando apaciguar a sus bestias desbocadas.

 A la vuelta, anochecida la tarde, Marie no ve las flores industriales de salinos abonos y carnívoras raíces.

Marie, arrellanada entre sus dos tiestos, aguarda las brocas de los unicornios y envidia al joven ignorante.

Mañana no tendrá botones, solo lazos de la misma tela que se abrirán vulnerables sobre el surco de su espalda donde las pezuñas hollarán sus cormos.

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