Yo soy el ciervo y la muerte, y soy quien crea y quien destruye. Yo le doy el hálito a la espera, pero le doy el hálito a la desesperanza de la mujer que sube los escalones trabajosa y –ella no lo sabe– inútilmente. Yo lo sé porque soy el metacuento, la alternativa al hilo de la narración de la mujer que sube las escaleras, el narrador que se esconde tras un narrador ficticio que declara esconderse tras quien crea y quien destruye. Yo soy el cazador que reposa sobre la escopeta, que contempla el ascenso como quien mira florecer un cerezo o un atardecer. Soy quien toca el cañón, la culata, el gatillo. Quien los acaricia, percibe su peso, su frío, su tacto suave de serpiente. Soy quien se detiene, el que no se detiene, quien apunta, quien se asoma a la mira de su arma para decidir si matar, si perdonar, si no recordar la intención.
De pronto, la mujer (es hermosa, yo la he amado mucho) se muere coincidiendo con la detonación. Se muere, de pronto, de un cáncer, coincidiendo con mi disparo.
Yo le doy el hálito a la espera, pero, de pronto, es la espera la que se revuelve y revienta los cristales de la mira telescópica llevándose mi ojo derecho en su estallido, y debo soltar el arma. Desconcertado, dolorido. Me miro para evaluar daños o para reconocerme. Permanezco incólume y de pie. Aquel al que miro conserva los dos ojos, y miro al narrador, que me mira con sus dos órbitas repletas de mirada. No es él quien sangra sobre el pómulo derecho. Me mira sangrar a mí. Metanarrador que ve cómo la mujer que sube las escaleras sonríe desde detrás de su revolver mientras dice “también yo te amé”.