Metió lo justo y necesario en la mochila y decidió ir andando hasta donde sus pies la llevaran… Al fin y al cabo no tenía nada que perder.

La habían tachado siempre de adolescente sin remedio, de rebelde sin causa. Siempre se había sentido incomprendida, desolada, como en medio de un desierto sin ningún oasis donde poder reposar.

¿Qué podía perder? En casa todo eran ruidos, discusiones, gritos, una guerra sin fin.

Ahora, estando sola en medio de ese camino solitario, se sentía extrañamente acompañada por el silencio, el piar de los pájaros, el canto de los grillos, la suave, acariciadora brisa…

Era la primera vez en su vida que sentía paz, libertad. ¿Hasta cuándo duraría? Eso, mejor ni cuestionárselo, se dijo a sí misma, mejor no arruinar su tesoro, por muy fugaz que pudiera ser.

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