Carlos ya lleva una hora caminando en el campo, alegre, lejos de la civilización. ¡Qué gusto!… Estas dos semanas de vacaciones en modo “aventurero” empiezan bien.
Hace unos minutos, acaba de cruzarse con una dama muy simpática llevando una mochila parecida a la suya – una aventurera también. Naturalmente, se saludaron, y empezaron en hablar. La dama tenía una cara familiar. Le dijo que se llamaba Mary. Se sentaron en una piedra, hablando de todo, de sus motivaciones, sus visiones de la sociedad… Al final, viendo que pasaba volando el tiempo, recuperaron sus mochilas, y se despidieron con buen humor.
Sin embargo, hablar da sed. Sobre todo cuando brilla el sol. Carlos acababa de recorrer unos cien metros cuando se para a buscar su botella de agua en la mochila. Entonces… La había puesto en el bolso delantero. A ver… un libro, un boli, un reloj, un paraguas (¿un paraguas, con tanto sol? Bueno.), un estuche de maquillaje… Mmmh, no está la botella. Ay, es verdad, la había puesto con la comida, en otro bolso.
Entonces echa un vistazo en el otro bolso de la mochila. Decide tomar las cosas con calma y, meticulosamente, sale todos los objetos de la mochila y los pone al lado.
A ver. Una pistola de plástico, una maneta de PS3 (¿qué coño hace aquí?), unos zapatos de baile, y haaaaa, la botella de… pues no, es un biberón.
No paniques, piensa. A lo mejor la botella y la comida estén en otro bolso. A ver. Un ordenador (no portátil), un balón de fútbol (¿¿¿quééé???), una escoba, una plancha… ¡y un perchero!
De repente, entiende porque la cara de la mujer era familiar. Se trataba de Mary Poppins, y él acaba de revertir su mochila con la suya.