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Me enamoré de la chica instantáneamente. Acababa de salir de la galería de mi amigo van der Geerd en la Kerkstraat y me dirigía en mi bicicleta hacia la Museumsplein a encontrarme con mis otros colegas, como habíamos acordado. Tan sólo unos metros más adelante, a mi izquierda, su imagen captó mi atención tras el escaparate de la librería. Me halagó que estuviera hojeando precisamente el libro que yo había editado el año pasado. Me gustó ver que contemplaba absorta la reproducción del cuadro de mi amigo van der Geerd. Me fascinaron sus tatuajes y sus anillos. Me agradó su estilo vanguardista, sofisticado, contenido. Me resultó irresistiblemente misteriosa y al tiempo familiar. Por una fracción de segundo, creí que podría ser Edda; creí que el destino existía y que volvía a cruzar nuestros caminos.

Sin siquiera pestañear para no perder de vista semejante aparición, me bajé casi en marcha y tiré la bici a un lado de la acera para pegarme a la gran luna del escaparate y hacerle una señal, esperando que ella mostraría en cualquier momento algún gesto de reconocimiento. En lugar de eso, Edda se metamorfoseó ante mis narices en un desconocido que vestía una vulgar camiseta negra, con poco pelo y algo fondón. El tipo me miró de forma levemente hostil, abandonó el libro y se dirigió hacia la penumbra de los anaqueles, esfumándose entre las profundidades de la librería.

Me quedé pasmado delante del cristal, intentando comprender qué había pasado. Observé mi reflejo. Mi mirada entre irónica y decepcionada bajo el ala de mi elegante sombrero de fieltro. Mis manos en jarras dejando ver unos llamativos anillos. Por mis antebrazos trepaban, ocultos en parte bajo las mangas remangadas de mi camisa, unos elaborados tatuajes muy de mi gusto. Como que los había diseñado yo…

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