Imagen de categoría

Avanzaba a trancos con el maletín en una mano mientras con la otra apretaba el cuello del abrigo alrededor de la garganta cuando la vi tras la vidriera y giré el cuello hacia atrás de golpe enlazado por ella como un vaquero a un ternero. Los pies siguieron el sendero de la inercia pero la imagen cristalizo en memoria de inmediato, quedándose colgada unos metros, unos segundos, atrás. Mi persona dividida entre pies y ojos desandó para hacerse de nuevo una en tiempo y lugar. La miré de frente situándome a escasa distancia del escaparate. Sentada frente a un velador; el sombrero de ala ancha inclinada hacia abajo le encubría los ojos. La falda corta le descubría las piernas delgadas y marmóreas. El cristal se empañaba y velaba su imagen como un sueño. Me acerqué más. Descubrí con mi mano un antifaz en la superficie para verla con nitidez. El tráfico incesante y la gente fugaz emanando vaho como chimeneas se inmiscuían en forma de reflejo conjugando la imaginación. Un taxi nos paseó por la ciudad con las manos enlazadas. La ambulancia nos trasladó a urgencias siendo enfermo y enfermera, y viceversa. La moto nos llevó de viaje por carreteras de montaña al atardecer de un verano intenso. Regañó al que me golpeó en el hombro con su prisa desconsiderada. Le dio una moneda y una sonrisa al mendigo tumbado en la acera. La quise al instante como no había querido y llevaba mucho tiempo queriendo querer. Ella no se movía. Se sabía observada. Se exhibía con hermosura impúdica con su rostro demediado por el ala del sombrero. Labios de señuelo subrayados en rojo. Sus ojos invisibles eran mis ojos.

Pasó el tiempo. ¿Mucho, poco? Mi tiempo llevaba tiempo esperando y ya no necesitaba moverse. El maletín depositado en el suelo junto a mis pies. El cielo encapotado borró mi sombra que se hizo rastro sobre el cristal que marcaban mi mano como un lavaparabrisas intermitente que desempañaba su imagen, mi nariz como un carámbano pegado al cristal y la huella de mi sexo abrupto bajo el abrigo. De repente cuatro manos aparecieron  y la agarraron por la cintura, por el pecho tomándola con firmeza como una pieza más de mobiliario, violándome con sus dedazos negruzcos, y se la llevaron como a un saco rígido. Con el impulso algo saltó bajo su sombrero y cayó al suelo. Un ojo de plástico quedó mirándome sobre la moqueta. Ella también me sabe. Besé el cristal añadiendo la huella definitiva a mi retrato sobre esta pizarra transparente y escribí con el dedo: volveré mañana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *