“Avanza. Corre, no te detengas. Sigue el camino, síguelo”

Son consignas que repiquetean en mi mente mientras el miedo brota libre; cada vez, más pegajoso, recorriéndome íntegramente, en forma de oleadas de salobre sudor.

No sé si hice lo correcto o…no, aún me lo pregunto.

En coche y, ahora, campo través, llevo horas huyendo, no obstante tengo la sensación que no avanzo; las distancias se transmutan y, en vez de disminuir, aumentan. ¿Cuánto quedará?

Me perseguirán; a lo mejor ya lo están haciendo. Debo seguir, aprovechar que les llevo la delantera. Cuando los deje atrás, cuando cruce la frontera, estaré a salvo. Sí, estaré a salvo de ellos…pero ¿Y de mi?

La noche se rasga remolona, tolerando al amanecer conquistar las sombras. Principia a llover y las minúsculas gotas se engrandecen al caer sobre la vereda abierta; en tanto que resbalan jugosas sobre mi piel. Huele a tierra mojada. Por un momento, se refrigera el pecado, se apacigua el cansancio; si bien, exclusivamente por unos breves instantes. Después aparecen, de nuevo, los fastidiosos calambres; pero peor, aún, es acallar al pensamiento. Pese a la decisión de borrarte de la memoria, no consigo olvidar que acabo de matarte…a ti, mi mejor amigo.

Diviso las montañas; una vez las traspase estará mi destino. Una nueva identidad, un nuevo comienzo… Dejaré todo atrás.

Mario, es curioso como mi vida ha cambiado, desde que te visite en la habitación 202. Me impactó verte esclavo de cables y tubos; encadenado, a tí que siempre te gusto la libertad.

Todavía evoco, o quizá solamente soñé, tus palabras.

“Lo acepto, he de morir pero deseo una buena muerte. Desertar de este sufrimiento y de caritativos paliativos.

>> No quiero vivir así. ¡No quiero! Sólo, pretendo adelantar la hora de la expiación. Por favor, ayúdame… Desconéctame”.

Te mate por amor… ¿Quién lo va entender?

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