Imagen de categoría

En un sótano oscuro, mientras mamá con mirada dulce pasa las paginas de una revista de moda, llora a dentelladas el bebé. Sus gritos cada vez más roncos llegan hasta la tienda pero no se oyen.

 

Por la calle pasan los transeúntes y los coches de moda. Algunos se detienen ante el escaparate; otros entran curiosos a hablar con mamá pero nadie oye los gritos del niño. Son como los reflejos en la ventana que van, vienen y se desvanecen.

 

En la esquina de la tienda, donde siempre hay sombra y no llega la luz del sol; la puerta siempre está abierta. Al borde de las escaleras empieza una oscuridad que se puede mascar, eterna y negra como el infierno. Dentro de ella, unos escalones más abajo, está la cuna blanca, ribeteada con el azul celeste que tanto gusta a mamá.

 

El niño ya no llora con ese tierno llanto de bebé; sus gritos ya no son de desesperación, son de odio. Sus dientes ya no son de leche, son largos y afilados cuchillos que todavía no han mordido carne. Pronto lo harán cuando el cuerpo se cubra de pelos negros y rizados de lobo. Sus ojos ya no tienen esa enternecedora redondez infantil. Están inyectados en sangre; no azules, negros como el carbón. Llenos de un odio que todavía no encuentra objeto en la oscuridad del sótano.

 

Suena la campanita de la puerta. Llega papá. Su atuendo no pega con la elegancia de la calle, de los coches, con el traje de su mujer. Luce una camisa blanca y pantalones de tela negra. Ha bebido vino rojo. Ha comido queso y jamón. En su mano todavía lleva la navaja abierta. Mirando a mamá y sin decir hola, se desliza hacia el sótano oscuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *