Miles no podía creer aquello; era lo más hermoso que había visto en su vida. Afianzó sus pies descalzos para no caer del tejado de su casa y miró de nuevo a través de los prismáticos.
– ¡Oh, Dios mío… tiene los ojos verdes!
Un escalofrío de placer recorrió todo su cuerpo, convirtiendo sus bajos en mármol como por hechizo.
El muchacho observó por un momento a su alrededor: el pueblo había quedado desierto. No es que le importara – tampoco lo comprendía –, pero tenía muy claro que nada le impediría extasiarse con una visión como aquella.
Como a dos kilómetros de distancia, en dirección a la central atómica de Sourcester, se erguía glorioso el objeto de su repentina adoración: una grandiosa mujer de piel de bronce y pelo negro como noche sin luna, difícilmente vestida por un sostén y una braguita que aún resistían la presión de 30 metros y veinte toneladas de carne escultural.
Aquel coloso divino pugnaba por quitarse de encima los aviones y helicópteros que revoloteaban a su alrededor, intentando mantenerla bajo control.
– ¡Dejadla en paz, hijos de puta! – gritó Miles, en un arrebato que casi le hace caer de su atalaya.
El muchacho volvió a mirar por sus lentes y tuvo la sensacion de verla más cerca que antes; cayó en cuenta entonces de que Bertha (así decidió llamarla) continuaba creciendo. Prueba de ello fue el reventón de su sostén, que salió despedido llevándose por delante a dos cazas de la Royal Air Force.
La visión de aquellos pechos liberados se grabó tanto en su retina como en su inocencia, más aún cuando Bertha decidió huir del acoso en dirección a Greenhill, el pueblo donde vivía Miles; el bamboleo consecuente terminó por dejarle sin aliento.
Nuestra diosa digna de Rodas alcanzó el pueblo en pocas zancadas, en un espectáculo exponencial entre su carrera y su crecimiento, lo que además le hizo perder la última prenda que ocultaba su desnudez. Cuando pasó por encima de la casa de Miles, éste pudo ver por fin el Origen del Mundo, ya sin prismáticos, en un primer plano que sería la envidia de cualquier ginecólogo.
Miles sintió que ya podía morir feliz, cosa que por cierto ocurrió muchos años después.
¿Que qué pasó con Bertha, la giganta? Naaah… se le pasaron los efectos de la radiación y ahora está casada con un charcutero de Liverpool.