Unas horas antes no tenía nada. Un manojo de certidumbres, horarios e itinerarios. Seguro es ahí.? Sí, bájese y camina dos cuadras. A la devuelta pide un taxi desde aquella casa.-Es ahí.- Pero no era. Entonces decidí caminar. Estaba sólo, con la angustia de la soledad distraída en esa playa desierta y equivocada. Apareció de pronto, mediterránea y espigada, metida dentro de su propia piel de canela derretida, y yo con la sangre tropical galopando al percibirla tan cerca. Y me atreví.- Y me llevaste a tu orilla sin mediar palabra. Su vestidor se enredó entre mis dedos, y el agua fría erizó las pieles en tránsito. En la cresta las bocas abiertas, llenos los cuerpos de oxígeno y de mástiles buscando anclas. Abordados desde la proa sus dédalos oceánicos. -Ahora tengo grabado el olor de tu sudor y de tus labios mojados marsalinos como una impronta femenina volando por mis poros en cadencias de delfines en celo. Tengo el color de tus ojos azules danzando entre las olas que desnudaron tu piel. Tengo tus labios acaparando mi lengua en una trenza de fruta, tan húmeda y cálida que su recuerdo enciende mis sentidos de nuevo. Te tengo arqueada y estremecida en jadeos de olas, olores de caracoles y cangrejos en fuga, pero no tengo tu nombre. Quisiera navegarte de nuevo, embriagarme con tu olor y rodar por tu espalda, hundir mi olfato en tu esencia, como hace unas horas, pero tengo solo rastros de arena en mi espalda, en mis manos, en mi pelo, y han perdido su brillantez y son inoloros.
Traté de ordenar las cosas, buqué en mis bolcillos y encontré el pasaporte empapado, tu bañador de rayas, o lo que quedaba de el, y el pase de abordar ilegible. El vuelo estaba retrasado.