Ana revisó los últimos detalles y cerró la maleta. Estaba decidido, se iría.
Había comenzado este proyecto con ilusión, pero hacía ya tiempo que no se divertía…
Antes, un último vistazo a la casa que había sido su hogar y su lugar de trabajo.
Abrió y cerró 3 veces la puerta de la habitación… Seguía chirriando. Ahuecó la colcha. Echaba de menos esa rutina. Hoy, repetiría todo a modo de despedida.
Revisó la cocina, una estancia donde siempre se sintió muy creativa. Todo en orden.
Avanzó por el hall y atravesó la puerta del salón. Allí estaba el imponente piano de cola. Hacía mucho que nadie accionaba sus teclas. Abrió la tapa. DO, RE, MI. ¡indómito RE, siempre desafinado!
Al pasar por delante de la chimenea esbozó una sonrisa. De todas las tareas, encender el fuego siempre fue su preferida.
De nuevo en el hall, evitó mirar al espejo. Odiaba lo que su reflejo le recordaba. ¡Ese maldito espejo se reía en su cara!. Más ya no importaba, al fin y al cabo se iría…
Ya, maleta en la mano, echó un último vistazo por la ventana.
¡Un momento! ¡que me parta un rayo si lo que ven mis ojos no es una nueva familia que llega! Mamá, papá, dos encantadores niños de unos 6 y 8 años, y ¡oh dios! ¡hasta un perro! ¡adoro los perros!
Tenía que irse, pero y si…
Le encantaba trabajar con niños. ¡Eran tan inocentes! Y siempre captaban todo rápidamente. Seguro que en menos de una semana ya habrían percibido su “peculiar presencia”.
Venga Ana, solo una más. Esto te dará puntos ante El Jefe. Sólo echa a esos malditos bastardos de tu casa y luego pensarás.
A fin y al cabo, tienes toda la eternidad para emprender ese viaje.