Casi todos los que nos sentamos aquí esta tarde hemos sido niños en algún momento de nuestras vidas. Y si no, créanme, lo seremos, antes o después. Cierto es que entonces aún llovía, porque antes llovía, conveniente y sospechosamente al arbitrio de los padres para justificar la denegación de ir al parque.
Cuando’ había ropa tendida’, no siempre había ropa, ustedes ya me entienden.
Muchas de nuestras madres nos querían, pese a las grasas saturadas de la Nocilla que nos daban de merendar y aún del picor de la lana de esa prenda que nos calzaban cuando ellas tenían frío, cuyo nombre no engaña: verdugo.
Es difícil valorar si son las madres con ínfulas aristocráticas que ponen pantalones cortos en el invierno más despiadadas que las madres excéntricas que atiborran de Mozart a sus bebés.
Y digo que casi todos hemos sido niños, porque entre nosotros quiero, necesito que haya dos o tres en los que el pretérito perfecto sea una forma verbal incompleta.
Me sinceraré con ustedes, que es lo que la señorita Elvira decía que había que hacer para ser valiente, por ejemplo si le habías pegado chicle en el pelo a tu compañera. Mírenme, puedo parecer un frívolo cuarentañero, pero no.
Mírenme mejor, cuando tenía menos años no era más niño que ahora, porque ser niño es tener todas las posibilidades abiertas: cazar tigres en Bengala o mandar cohetes al espacio o destrozar el zapato derecho todas las semanas. Y yo las puedo estrenar todas porque soy escritor.
He venido aquí a lo que buscan todos los niños: a encontrar un amigo con el que pelear. Tal vez bajo la forma de un maestro o un aventurero. Ofrezco apedrear cristales a balonazos, mi espada láser y un Actimel caducado. Abstenerse niñas, las niñas, todavía, me parecen tontas.