Un par de adolescentes casi me derribaron mientras entraba. No me importó. Solo sentí envidia por su felicidad, por cómo festejaban ese nuevo adorno en su piel , sin dolor, sin carga. Me alivió retrasar unos segundos el momento… Yo atravesaba la puerta sintiéndome infinitamente más triste que la última vez. Pero la sentencia era firme: iba a ser mi cuerpo el que decidiera por mí..
Por cada pena que me atravesara, otra aguja; por cada corazón hecho pedazos, otra marca. Y cuanto mayor fuese el dolor, mayor sería el rastro de tinta que me lo iba a recordar. Apenas un borrón en el tobillo por Marcos, porque no me había permitido a mi mismo hacerme demasiadas ilusiones; el brazo derecho completo por Alex, porque realmente creí que iba a ser el definitivo y cuando se fue me quedé vacío.
Las primeras veces se trató de pura supervivencia. Desde niño sentí hacia las agujas un miedo irracional , temblaba tan solo anticipando el momento en el que ese aguijón se hundiese en mi carne. Parecía lógico pensar que algo tan físico podría anestesiar durante un tiempo ese otro dolor que no sabía dónde localizar pero dañaba infinitamente más.
No tardó mucho en dejar de funcionar, sin embargo. Y a medida que mi piel , de siempre pálida, iba tiñéndose de negro, tuve claro cuándo acabaría todo: el día en el que no me quedase ni un solo milímetro capaz de albergar la marca de otro desengaño, sería el último. Ese día, mi corazón habría sido hecho añicos tantas veces, que ya no sabría cómo recomponerse. Ese día, la aguja no llevaría a mi cuerpo un río de tinta; me traería, por fin, el descanso, la nada, la alegría de no sentir.