Llevaba botas, aunque no sentía sus pies. Cuando Alberto corría por una emergencía no sentía nada, su cerebro se centraba en una sola cosa: hacer su trabajo y salvar vidas, olvidando el resto. Para cuando llegó al cuerpo inerte de la chica tirada sobre la hierba del parque sabía que le quedaba poco tiempo.
Tiempo es algo que le faltaba con este chico tirado en el asfalto en Vallecas. Era una sobredosis, sin duda. Los síntomas eran obvios pero la solución no tanto: el chico no respiraba, así que inició la RCP como le habían enseñado. No hubo respuesta por parte del cuerpo. La piel fría, pálida, un cadáver bajo sus manos.
Un cadáver bajo sus manos, azulada la piel de esta chica muriéndose en el parque. Pero Alberto sabía que hacer: antes de iniciar la RCP, examinó las vías respiratorias. Como intuía por experiencia, estaban obstruídas. La chica se ahogaba en su propio vómito y la reanimación no funcionaría si no liberaba la tráquea. Retiró pedazos espesos de vómito con el índice y el anular de su mano enguantada.
Su mano enguantada no supo qué más hacer con el cuerpo del chico. La RCP no funcionaba. Estaba clínicamente muerto. Lo dio por imposible. Con ayuda de un compañero de emergencias levantaron al muchacho fallecido para colocarlo en la camilla. Al moverle, pedazos de un vómito duro encasquillado en la garganta cayeron sobre el papel estéril. Alberto entendió por qué la reanimación no había funcionado, y se juró a sí mismo que jamás volvería a pasarle estando de guardia.
Estando de guardia Alberto salvó la vida de la chica del parque a la que identificaron como Alicia en la etiqueta. Recordó la noche, años atrás, en la que no había podido salvar a un chico con una sobredosis similar. La chica abrió los ojos lentamente.