Hace calor, un calor húmedo que hace que la tela de mi camisa se pegue a mi piel de forma
desagradable. Un grupo de científicos trabaja bajo un sol abrasador, mientras el ruido de una
máquina metálica de abrasión taladra mis tímpanos. Llevan días intentando descifrar sin éxito
la escritura impresa en la roca que lidera el claro. Basta. Quiero que se larguen, que
desaparezcan. Mi cabeza zumba mientras el cielo se vuelve negro y, tras un trueno que dura
varios segundos, un millón de gotas rojas y pegajosas empiezan a inundar el claro del bosque.
“¡NO!”
Me despierto con el sonido de mi corazón retumbando en mis oídos. Náuseas. La boca me sabe
a hierro. Mientras mis ojos se adaptan a la oscuridad, apoyo una mano en la tierra, ahora
húmeda y pegajosa. Un escalofrío recorre mi columna vertebral y me levanto de un salto.
Camino a trompicones entre los árboles, apartando las ramas a mi paso, mientras intento
recordar cómo he llegado aquí. Tropiezo estrepitosamente y caigo de bruces sobre lo que parece
un cuerpo inerte…
“¡CORRE!”
Corro hasta que no me queda aire, mientras la cabeza me palpita como si fuese a estallar en mil
pedazos. He salido del bosque y ahora la luna llena ilumina los alrededores con su luz plateada.
Reconozco este lugar. Miro alrededor hasta que una máquina metálica resplandece bajo la luna.
Me acerco vacilante. A su izquierda, una gran roca se yergue sobre el suelo, recordando a una
imponente tumba antigua. Sobre ella, veo una escritura que me resulta familiar. Me acerco para
leerla mientras mi corazón se acelera como si presintiese que algo terrible estuviera a punto de
suceder. Mis ojos recorren cada letra de un alfabeto extinto hace mucho y entonces lo recuerdo
con claridad.
Ésta… es mi tumba.