Aquella sala tenía algo raro. Me sentía como observada, tal vez a causa de ese espantoso cuadro que colgaba de la pared, parecía estar mirándome. Por supuesto, no eran más que bobadas, pero desde que me metí en este asunto había estado más paranoica de lo habitual.

Me senté en la cama, respiré hondo y traté de ordenar mi mente por un momento, no era posible que descubrieran lo que había hecho, además, ¿quién iba a seguirme hasta la habitación de ese hotel? Tenía frente a mí el maletín, casi no podía creérmelo, tantos años trabajando en aquella mansión y al fin lo había conseguido. Temía que el viejo descubriera el robo y empezara a atar cabos, pero era improbable, él confiaba plenamente en mí, y no había dejado ni rastro del hurto. Además, el viejo nunca bajaba a la habitación del sótano, a pesar de haber mencionado en varias ocasiones el valor de lo que allí guardaba. Seguramente nunca descubrirá que su amado tesoro ha desaparecido, y si era lo que yo creía que era, mi vida iba a cambiar drásticamente a partir de ese día. Con calma, cogí el maletín del suelo y lo sostuve entre mis brazos, lo abrí con delicadeza y cuando lo hice, no os podéis ni imaginar la dicha que sentí, todos esos años habían merecido la pena. Cerré el maletín y me tumbé en la cama, al día siguiente había de tomar un avión, por fin estaría de vuelta a casa.

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