Me asomo a la ventana, como cada mañana, y saludo al sol. Le doy los buenos días con mis no-palabras, esas que no suenan, esas que solo oyen mamá y el sol. Dicen los mayores que a mis seis años nadie ha escuchado ningún sonido salir de mi boca, pero mamá sabe que eso no es cierto, que las no-palabras suenan. Ella las oye, y el sol también.
El sol me señala hacia la carretera. Hay un hombre sentado en una maleta delante de nuestra casa. Le miro extrañada. Vivimos en medio de la nada, rodeados de campos de maíz, completamente solas.
Debería avisar a mamá. Ella dice que nunca hable con extraños, que alguien tan especial como yo es presa fácil. No sé qué significa, pero mamá siempre tiene razón y yo la obedezco… casi siempre.
Quiero verle de cerca. Bajo la escalera y me escabullo fuera de la vista de mamá. Avanzo hasta el hombre, que no se mueve y me mira raro. Debe ser que nunca ha visto una niña. Lleva dibujos de mujeres en la piel. Su cara es vieja, pero su ropa joven, como cuando le quito la cabeza a mi osito de peluche y se la pongo a una muñeca.
Sus no-palabras me dicen que está tenso. Señalo su piel.
-Son mujeres que amé… y ya no están -dice.
Se levanta, abre la maleta y saca un cordón de cuero. Se gira hacia mí, agarrándolo con las dos manos. Oigo a mamá que grita desde la puerta de casa y corre hacia nosotros. El cordel se enrosca a mi cuello y los gritos de mi madre se vuelven histéricos. Entonces se afloja y algo metálico cae sobre mi pecho. Es una plaquita donde pone “Azul”. “Azul” es mi nombre.
El hombre me habla con no-palabras. Yo le respondo con las dos únicas que han salido de mi boca en lo que llevo de vida:
-Hola, papá.