Te recuerdo a cada instante, en cada paso y en cada movimiento, de pie, sentado, hablándome o teniéndome. Te recuerdo elegante, listo, tierno, admirablemente amigo, deseablemente amante. Recuerdo los recuerdos y los que no me los invento, con mimo, con tiempo, regodeándome en detalles y exagerando los encuentros.
Recuerdo las noches y los amaneceres. Tantas dichas y tantas promesas. Tu cuerpo, su sombra, tus formas y tu cobijo. Tu corazón palpitando, el entusiasmo de tu miembro. Siempre buscándome, “molestándome”, tu calor, tu dicha, ¡impaciente bravío! Un calambre por dentro, esa fogosidad de fuera.
Recuerdo la anulación de la razón, los sentimientos en la piel, tus brazos entre los míos, ¡éxtasis! La humedad de las sábanas, fluidos, el orgullo viscoso de un hombre saliendo del cuerpo de una mujer. Todo perdido. Una explosión de júbilo y, en nuestras caras, ¡sorpresa! La presión, el dominio, la entrega, sublime, especial, enteramente tuya.
Ocurrió pocas veces para lo mucho que recurro a ello. ¡Cuestión de calidad!, supongo, aunque también te extraño, mucho. Nuestro sueño de perdernos lejos juntos, solos, sin intermediarios, ni dinero; sin ataduras, ni miedos; a una isla desierta o al viaje de la eternidad, sigue siendo mi prioridad, aunque tú me llevas ventaja.
A veces lo provoco, lo busco, otras me sorprende, me llega; en forma de energía o con un símbolo pero igual, ese mismo calambre que sentía contigo. Me paraliza, me renueva, desde el corazón hasta las piernas ni una sola célula queda fuera. Algo físico, metafísico. Amor, deseo, entrega, recepción. Como una gota de agua de nuestra isla. ¡Me da vida!
No caduca, no prescribe, no hay cruce de caminos, ni tiempos muertos, está por encima del deseo, las caricias, el veneno de la vida. Después de mucho tiempo, sé que es y porqué lo recuerdo. Ese calambre de mi cuerpo, ese calambre eras tú, tu alma en carne y hueso, por eso sigo sintiéndolo a pesar de que hayas muerto.