Con una pedrada en mil pedazos el cristal se rompió. Como un corazón se rompe. Como un sueño se acaba y una tristeza se construye.
Con las grietas que se abren ante mis ojos, en esta plaza del pueblo, me desbordan los recuerdos y las lagrimas emborronan mi vista. Como el cristal emborrona ahora la ventana.
Como una tarde de diciembre en esta misma plaza, como una niña que observa en un banco lo que pasa tras otra ventana. Como se emborronan mis ojos de aquellos días, de risas, carreras y juegos, y de amistades desenfadadas.
Como aquel chico que tanto me gustaba, y tanto me despreciaba. De burlas y bromas, adornadas de canciones, empujones y charcos. Papeles pasados en secreto, a las espaldas de doña Ana. Promesas y descubrimientos, escondidos en vergonzosas miradas. Tu pilla sonrisa trastocando el bonito trazo de mi caligrafía, y la clase continuaba.
Como aquella vida que continuó, siempre ante mis ojos. Vidriosos y rotos en mil pedazos, como rota está la ventana de una pedrada.
Y detrás de esa ventana se esconde ahora tu cara. Tu cara más vieja y más agrietada. La cara de una vida que avanza y deja su huella. Ya sin las risas y las carreras pero con la mirada de siempre, divertida y alegremente malvada.
Y yo me maldigo por mirar a tu mirada, por sonreir a tu sonrisa, por amar a quien no ama. Porque ya solo tengo recuerdos, y las grietas me desquebrajan. Porque no puedo volver a aquella plaza. Porque han pasado treinta años, y mi vida se acaba.
En silencio, me doy la vuelta y abandono esa plaza, ahora tan solo un recuerdo, una grieta más, que se emborrona hasta que se marcha.