Comenzaban a llegar los visitantes a Pedraza el día del concierto. Ella y su amiga lo hicieron poco después del mediodía. Pasearon por las calles, canjearon las entradas, se hicieron fotos, encontraron sitio en un restaurante.
Por la tarde apretaba el calor y las multitudes se adensaban. Empezaban a encender las primeras velas y ellas participaron alegremente con un par de cabos que les dieron unas chavalillas.
Mientras reposaban con un helado y un cigarrillo al pie de la cárcel medieval, ella imaginó que sería divertido sumarse a la visita guiada con un grupo animado y variopinto, incluidos varios niños, mientras su amiga esperaba afuera. El grupo recorría festivamente cada estancia, recreándose en las grotescas truculencias que recitaba la guía local; los niños brincaban y fingían falsos terrores. En mitad del recorrido, se encerró por un segundo en un tosco calabozo hecho con tablones -como otros visitantes- para morbosamente sentir la angustia de los culpados.
Al abrirse la puerta no estaban ni el grupo ni la guía. En su lugar, hedor, oscuridad y lamentos. Los golpes de los esbirros al servicio del corregidor –“¡abajo, súcubo de los demonios!”- que a trompicones la arrojaron desde el agujero que era el único acceso -y no había salida-, a la gran mazmorra común y pozo negro, donde otros reos enloquecidos habían abandonado ya toda esperanza y valor.
En las tinieblas de lo que creyó una pesadilla de nuevo orden, oyó los cañonazos disparados por soldados vestidos de época de la Academia de Artillería de Segovia y las campanas de la iglesia parroquial lanzadas jubilosamente al vuelo, en el momento culminante de la Obertura 1812, incluida en el programa.
Sus sordos alaridos, sin embargo, no atravesaban el muro de piedra ni los incomprensibles eones del tiempo.