Cuando recibí la llamada del Departamento de Semiótica me quedé dudando si acudir a la cita o no. Decidí finalmente ir, ya que la complejidad del proyecto me atraía. Así que allí me personé al día siguiente dispuesto a compartir mis conocimientos.

Al entrar en el despacho donde me habían citado, lo primero que vi fue una vitrina de cristal sobre la mesa de juntas con una piedra rectangular dentro. En torno a ella había varias personas que no apartaban sus miradas de aquel objeto. Me acerqué lentamente hacia donde estaban ellos y observé la superficie rugosa de la piedra: líneas y puntos formaban pequeños círculos dispuestos en hileras verticales. Mis ojos fueron recorriendo las diversas hileras de arriba hacia abajo, buscando una lógica a aquel sistema geométrico. El Director del Departamento nos explicó cómo se había producido el hallazgo y en qué fase se encontraban: necesitaban descifrar el código que estaba grabado en aquella piedra. Habían tomado como base del estudio lenguas antiguas de todos los continentes, sin embargo, ninguna se asemejaba a la lógica de estos símbolos.

De repente, una luz pareció encenderse en mi interior y pedí al Director sacar la piedra de aquella urna, sentí la necesidad de rozar con mis dedos la superficie dura y fría. Excepcionalmente me permitió hacerlo y colocaron el objeto frente a mí, cerré los ojos y con manos temblorosas recorrí cada hilera, todo iba cobrando sentido: sílabas, palabras y oraciones iban asomándose en mi mente. Los símbolos narraban una historia sobre el origen de los pueblos.

De repente, un pitido atravesó mis oídos. A tientas rocé la mesilla y apagué el despertador. Con el recuerdo del sueño me incorporé, busqué la pared y siguiéndola con la mano salí de la habitación. Ya no necesitaba el bastón para orientarme en casa.

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