“¡Sopla las velas y pide un deseo!” – esa era la frase que escucharía en unas 5 horas.

Soplaría las 64 velas, pero ¿qué pediría?

Salió a la terraza de su habitación haciendo balance. ¿Dinero? – tenía suficiente. ¿Amor? – No, gracias. ¿Salud? – de momento bien. Se apoyó en la barandilla escudriñando el horizonte. La playa estaba prácticamente vacía y sólo se veía a un hombre pintando una barca a pocos metros de distancia. ¿Sexo? – hacía tanto que no experimentaba nada… ¿seguiría siendo atractiva a ojos de los hombres?. ¿Sería acaso deseada por el hombre de la barca?

Observándolo, distraída,  comenzó a acariciarse un brazo. La piel había perdido elasticidad, pero seguía siendo suave. Deslizó su mano por debajo de la camisa, y le gustó la sensación que dejaron sus manos pasando por su vientre, por su pecho. Recordó unos pezones más arriba años atrás, pero seguían respondiendo a los estímulos.

Hacía mucho que nadie la tocaba así. Hacía mucho que ella no se tocaba así.

Desabrochó la camisa y vió que el hombre estaba totalmente girado, pasmado, mirando hacia ella. El impulso de esconderse fue frenado por el inmenso deseo que vivió al sentirse observada.

Cerró los ojos y bajó la mano hacia su sexo…

Tras alcanzar el orgasmo se reconcilió con su cuerpo, que sin ser tan bello como antes, le seguía proporcionando un placer muy íntimo. ¿qué mejor regalo podía pedir?. Pero quería más. Su cuerpo, de nuevo activado, reclamaba otro cuerpo. Sudor, olor, el calor del semen resbalando por sus piernas…

De nuevo asaltaron sus miedos. ¿seguiría siendo atractiva?.

El sonido de unos golpes en su puerta la sacaron de sus pensamientos. Oteó el horizonte. Ni rastro del hombre de la barca. Sonrió convencida de que muy muy pronto, sus dudas quedarían resueltas.

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