La reina Elizabeth tenía un colmillo de narval
que decían era el cuerno de un unicornio naval,
Colocado junto al trono real
y ella,
ella era una doncella.
El corsario Drake se le acercaba,
la cortejaba,
la cercaba,
la dejaba
y se hacía, cobarde, a la mar.
Especias, navíos, mar y tierra.
Mientras la reina bordaba unicornios: tarea banal,
se aburría y lo hacía mal.
¡Para él su escudo de Inglaterra!
La reina pelirroja estaba sola.
Estar rodeada de viejos no mola.
Se desgranaban perlas por su pecho.
Y el bastidor soportaba las embestidas de su soledad.
Perlas: ¡volad!, ¡volad!
Las sirenas de las islas remotas
le mandaban llamadas ignotas
en sus noches vacías.
Calcetines en alcobas frías.
Ser rey es un reputado trabajo.
Ser reina es un auténtico co……
De sus agujas de oro las hebras
se le enredaban entre los anillos.
No quería bordar esos animalillos,
tan solo quería ver libres cebras.
Drake regresó, culpable, con un botín de joyas fastuosas.
Ella hubiera preferido amarras y rosas.
Las derramó por el suelo del palacio,
entre el barro de las patas de los perros. Despacio.
La reina estaba harta de consejeros,
de dinero, oro, plata y perla.
Para eso ya tenía cofres enteros
que le mandó el Español antes de conocerla.
La reina una sola cosa quería
del apuesto Drake y era el navío.
Su lema: ‘Llenaría su vacío’.
Y puertos sin fin recorrería.
Los galeones españoles abordaría,
con las galernas del océano se mediría,
y después los brazos se tatuaría.
Y, ya hemos dicho, ‘su vacío llenaría’.
La reina se cortó sus rizos de cobre,
montó uno de sus caballos sin cuerno,
suena The maiden and the unicorn, ¡la pobre!,
se marchó al puerto de Bristol, al infierno.
Subió a la cubierta del Cierva Dorada a nado
y se enrolló de grumete, dejando tras de sí
el país descabezado,
el bastidor sin bordados,
y lo que nunca creí:
¡a Drake abandonado!