Desde que alcanzaba a recordar me habían fascinado las distintas formas en que los seres humanos nos comunicamos, esa búsqueda de salidas a la necesidad social de compartir nuestras ideas ante la realidad de la vida.
Así que estaba disfrutando de la exposición temporal que había organizado la Biblioteca Nacional, y recorría salas y pasillos deteniéndome ante cada expositor, conectando a través del tiempo con las mentes que habían creado ingeniosos códigos que alcanzaron usos más o menos extendidos entre las personas y a lo largo de la historia.
Y ahí, en una vitrina sin ninguna particularidad, se encontraba la piedra. Era dorada y brillante, y no creí lo que mis ojos me mostraban grabado en ella. Comencé a respirar agitadamente a la vez que recuerdos acudían a mi memoria y con ellos me empezaba a estremecer. Vívidas imágenes de mi madre jugando conmigo desde que apenas aprendí a leer, nuestro código secreto en el que me pasaba mensajes escritos en trozos de papel que encontraba escondidos en cualquier lugar de la casa, un juego que continuó durante años hasta que la enfermedad se la llevó.
Y allí estaban esos caracteres, impresos en la piedra que observaban mis incrédulos y humedecidos ojos. Leí la nota que había junto a ella: “Piedra de calcopirita encontrada en el río Tinto. No fechada. Se desconoce el significado de los símbolos”.
Pero yo sí podía leer el mensaje, y me llegaba desde mis antepasados en un código transmitido de generación en generación, un código que yo aprendí de mi madre como un juego, del mismo modo que ella lo aprendió de mi abuelo al que no llegué a conocer. Y el juego adquiría en este momento su dimensión real como algo trascendental para la humanidad. La decisión estaba en mis manos.