Durante el día la reconocía en todas partes; su forma era siempre la misma en las distintas poses que adoptaba; la veía en los objetos cotidianos: en la bolsa de los envases reciclados, en los desconchones de pintura del baño, en la fregona y hasta en los pliegues de la ropa de su cama. La veía aparecer sorprendièndole siempre, como una sombra, tambièn en la calle mezclada o no con las personas, y aunque llegò a acostumbrarse a convivir con ella, era sin duda una figura siniestra y oscura que no acertaba a comprender.
Por la noche ya no la veìa, pero en la quietud y con la complicidad del silencio, su forma se le hacía mucho màs presente, y le causaba un malestar que apenas le dejaba dormir. Asì, sin proponèrselo, en una especie de estùpido juego o a modo de refugio hacìa piruetas con su imaginaciòn, y cuando estaba ya casi dormido la figura hablaba por sì misma, como en susurro, en el fondo y en la forma le manifestaba su significado en toda su plenitud.
Se le apareció la última vez a pantalla completa, grabada a cal y canto en los restos de una columna en un programa de la dos. La había encontrado en sus excavaciones un grupo de arqueòlogos de varios paìses. La destacaban por ser una pieza muy rara, no clasificada en el tiempo ni por su supuesto en su forma. No lo dudó, se pondrìa en contacto con ellos, contarìa su experiencia con ella , aunque le tomaran por loco, ellos también suele ser gente muy rara. Sí, colaboraría, pero a cambio de una buena recompensa, porque aún la consideraba como algo muy suyo; al fin y al cabo èl la habìa visto primero.