Querida Luna: ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Me dio mucha alegría porque, por fin, podría preguntarle a alguien sobre tu vida, ya que no me respondes a las cartas ni me coges el teléfono. Al principio me preocupe, después me acostumbre y pensé que no querías saber nada de mí, cosa que me extrañó muchísimo, pues ambos, tanto en nuestra infancia como en la adolescencia, lo compartimos todo.
Por fin me decidí a preguntarle a tu madre por ti, pero lo que oí no me gustó. Me enteré de que tu vida pasó por muy malos momentos, de que luchaste a pesar de no tener fuerzas para afrontarlos.
Tu vida pasó en un instante como pasa un tren por las vías de la estación.
Me dolió el no poder estar junto a ti, luchando los dos juntos por acabar con tus miedos y preocupaciones… Ahora que sé que estás ahí arriba, te pido que me ayudes a superar los míos propios, sé que será muy difícil, pero a tu lado nada es imposible.
Allí donde estés te mando mi apoyo, aunque no sirva para mucho a mí me consuela saber que lo estas recibiendo, sé que tú serás el mío ahí arriba y que nunca dejarás que tropiece con la misma piedra dos veces. Ahora tú eres feliz, lo sé. Aunque nos hayas dejado en estos días, sabes que siempre estarás en nuestros corazones, que por ti lucharemos hasta el final, pase lo que nos pase. Sin ser familiares, eras como mi hermana y eso nos unió, estuvimos toda una vida juntos y así seguirá por el resto de los días, hasta que al final podamos unirnos allí donde tú estás ahora.
Mientras tanto, y aunque me cueste, intentaré buscar la felicidad, sobre todo por ti.
Un saludo y hasta pronto