Estimado amigo,

Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado, una cola que se me antojaba tan larga como las eternas vías del tren.

Estaba unos cuantos puestos delante de mí y vi que me miraba por el rabillo del ojo. Claramente me estaba evitando, como siempre hizo cuando de adolescentes quedábamos en tu casa y aparecía yo con mis provocativos tatuajes y mi cresta tipo punk. Su desprecio hacia mí era evidente.

El caso es que, llegando a la caja, no encontraba su monedero por ningún lado. Y contra esa imagen, tan digna y altiva, que muestra, empezó a sonrojarse y ponerse muy nerviosa.

Sé que debió de hacer un esfuerzo titánico para dirigirse a mí con un : “ Hola Antoñito, podrías hacerme el favor…?”, cuando de repente un señor se le acercó preguntando si ese monedero que había encontrado en el suelo era suyo.

Las puertas del cielo se le abrieron. Súbitamente una sonrisa iluminó su rostro. Su sonrojo desapareció para dar paso a su acostumbrada soberbia y altanería, dándome la espalda con gélida indiferencia y dirigiéndose tan tiesa como un palo a la caja para pagar.

Pero llevaba un paso tan marcado que se le torció un tacón y cayó de bruces contra el suelo: la media se rasgó y el tacón saltó por los aires.

Qué bochorno el suyo, y más aún cuando tuvo que aceptar mi generosa ayuda, teniendo que coger mi mano para poder levantarse.

Y es que quien ríe el último, ríe mejor…

Tu viejo colega que te aprecia

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