Ahora que estoy a punto de abandonar este mundo, creo que al fin puedo contar la historia que tanto me ha atormentado durante los últimos treinta años. Ya no me siento obligado a guardar silencio, y a pesar de la promesa realizada tanto tiempo atrás, quiero quitarme esta carga de encima.
El doctor Lasnier, que en paz descanse, me había aceptado como ayudante tan solo unos meses antes. Esta historia ha sido una de las escasas ocasiones en las que el doctor y yo no pudimos encontrar una explicación a los sucesos investigados. Y no solamente no pudimos encontrar la solución, además, fue la única vez en que casi nos cuesta la vida.
No he podido dejar de sentirme culpable por ello, dado que en cierto modo, yo fui el responsable de todo cuanto ocurrió. En mi ánimo de ganar el respeto del maestro, me desvivía por encontrar algo que pudiera llamar la atención del prestigioso Lasnier.
La osadía, sumada a la temeridad, me llevaron a contactar con personas sin escrúpulos que vieron en mí la oportunidad de obtener un dinero fácil. Aquella banda de criminales dejó abandonada una inquietante y peligrosa caja en la puerta de nuestro estudio.
Debí sospechar que algo iba mal al oír un desagradable ruido en el interior, seguido de unos temblores. La curiosidad, inmediatamente nos llevó a mirar a través de los agujeros de respiración. Lo que vimos nos dejó lívidos y sin aliento, aquello estaba vivo. Y no le gustó nada que le observáramos.
Lo que sucedió a continuación fue muy rápido, una gran explosión seguida de una conmoción. Despertamos asombrados contemplando el destrozo y la caja reventada. Aquella criatura verdosa ya no estaba allí, desconozco si viva o muerta. Tras días de investigación estéril, juramos no volver a hablar de ello. Hasta el día de hoy.